Algo debe cambiar para que todo siga igual

 

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Marcelo Latorre.

Cuando Chevalley di Monterzuolo llega a Donnafugata y ofrece a Don Fabrizio la posibilidad de ser senador del nuevo Reino de Italia, éste rechaza la oferta, alegando que está demasiado ligado al antiguo régimen. Es entonces cuando Chevalle recita la famosa frase de El Gatopardo: «Algo debe cambiar para que todo siga igual». Esta sentencia define perfectamente lo que está ocurriendo en España. El primer “cambio” ha sido la sorpresa del partido Podemos, una formación política liderada por profesores universitarios y pequeñoburgueses que han estado encerrados en el laboratorio de la facultad de Políticas de la Complutense hasta que han parido su proyecto mesiánico. Son listos y han recogido el descontento popular y a algunos despitados del 15M. Ya veremos en que queda su rebeldía cuando pisen moqueta y tengan coches oficiales.

Hoy hemos tenido otra noticia, la abdicación del rey, otro “cambio” del que se hablará mucho y durante largo tiempo y que, si la marea tricolor no lo para, nos alumbrará una monarquía rejuvenecida, bien asesorada por una reina experta en imagen y comunicación y que le dará “larga vida al Rey” y a la institución heredera de Franco, que será, si cabe, más democrática aún que la de Juan Carlos, el monarca que nos salvó de Tejero y la involución.

¿Cambios reales, profundos? No. La situación politica, económica y social ha llegado a tal punto de degradación y corrupción que su propia dinámica estaba llevando a la gente hacia planteamientos antaño llamados subversivos. Pero el poder, nuevamente inteligente, ha sabido cortar por lo sano, aplicando esa gran enseñanza que les procuró Lampedusa de “algo debe cambiar para que todo siga igual”. Sospechosos cambios intensos en tan poco tiempo. Lo cierto es que tal parece que a España está llegando una revolución, una transformación profunda. Las calles se han llenado de banderas tricolores y las masas se han echado a las plazas para, como en aquel también esperanzador 14 de abril de 1931, lanzar sus gritos de esperanza por un mundo mejor.

Es terrible jugar con las pocas esperanzas de la gente ante un sistema explotador, anulador e inamovible. Pero es preciso decirlo: no habrá cambio. O mejor, algo cambiará para que todo siga igual, para que los señores del poder económico y político sigan viviendo a costa del trabajo y la riqueza que producimos los demás manteniendo una cáscara de legitimidad democrática y popular.

Desengáñense. No habrá cambios profundos, ni revolución ni una nueva era. Sólo han tocado la epidermis del sistema. El paro seguirá, la explotación persistirá, la desigualdad será aún mayor, la represión se intensificará y, cuando nuestros nuevos representantes, más de izquierdas, menos monárquicos, levanten nuevamente su porra contra la protesta del que no se resigna al “cambio” dirán: “ya te hemos dado más de lo que te merecías”.

 

 

 

 

 

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