Apuntes sobre el pensamiento libertario español

Por Capi Vidal

anselmolorenzo1Es recurrente hablar de que en España, paradójicamente, siendo el lugar donde ha existido el más poderoso movimiento libertario en la historia, no ha habido grandes teóricos. Como la historia de las ideas resulta apasionante, y consideramos que la pasión por la filosofía es algo que habría que inculcar a los chavales en toda pedagogía (y, especialmente, por sus ramas más prácticas como la ética o la política), queremos indagar continuamente en cómo pensaban gentes de otras épocas y establecer un necesario vínculo para renovar unas ideas que buscan con ahínco una auténtica emancipación individual y social. Porque contextualizar el pensamiento de una época es importante, pero desdeñarlo sin más, como ocurre tantas veces en nombre de ese concepto tan prostituido llamado “progreso”, contribuye al empobrecimiento de valores y al permanente culto de un presente neutro, desmemoriado y despreocupado por el futuro.

Es también habitual considerar al anarquismo algo anacrónico (por parte, tal vez, de personas no demasiado honestas o no demasiado informadas) o considerar al menos que existe un anarquismo histórico (un anarquismo que alguien llamó “instituido”, con no poca ironía) que acabó periclitado o que fue, simplemente, derrotado y, en cualquier caso, sería ya parte de la historia. Algunas personas que se llaman libertarias sostienen esto último en aras de renovar un pensamiento y encontrar nuevas vías, algo que me parece muy importante. Sin establecer nosotros fronteras tan nítidas, sí considero por supuesto que las ideas libertarias merecen ser revitalizadas (en estos tiempos tan dificultosos para el pensamiento en general), pero el vínculo con el pasado existe y debe seguir existiendo en nuestra opinión, hacer tabla rasa no creemos que ayude demasiado a buscar nuevas respuestas. Es importante insistir también en que el que haya buscado un programa en cualquier pensador, más allá de una mera orientación brillante en cualquier ámbito de la vida, ha adoptado una actitud bien poco anarquista. No gustan los personalismos ni el dogmatismo a la idea libertaria, y la crítica y el debate deberían mostrarse siempre presentes frente a cualquier asomo de doctrinarismo acrítico. Si no consideramos la historia en absoluto lineal ni estamos sujetos a ningún tipo de fatalismo (creencia que haremos bien en erradicar en cualquiera de sus formas) ni, por supuesto, aceptamos que hayamos llegado a una meta histórica (como sostienen los que pretender legitimar el statu quo), debemos seguir persiguiendo ese ideal humano tan bello en el final (que, tal vez, no llegue nunca de una forma perfecta) como práctico en el camino. Así creemos que pensaban los anarquistas del pasado, situados en su convulsa época, y así creo que deberíamos seguir pensando en la actualidad. Ese es el vínculo al que nos referíamos anteriormente.

Dicho esto, nos gustaría indagar en ese pensamiento de determinadas personalidades (aquellas que dejaron un legado teórico más evidente, y seguro que nos dejaremos demasiado en el tintero) situadas en el contexto español, un pensamiento dirigido a lo que consideramos las cuestiones más importantes para el ser humano. No sabemos si es totalmente cierto aquello de que no ha habido grandes pensadores anarquistas en este país, pero estamos seguro de que algo valioso (ninguna respuesta es definitiva) se descubrirá por esta vía. Una de las cosas que ha motivado a esta labor fue la lectura de un conocido ensayo de Cesare Lombroso sobre la presunta criminalidad innata de los anarquistas, sin que el autor defienda exhaustivamente esta tesis, ya que la obra es bastante incongruente y cae en numerosas contradicciones más bien irrisorias. Ricardo Mella (1861-1925) le contestaría de forma honesta y erudita acerca de su desconocimiento de las ideas anarquistas y de las personas que lo profesan. Lombroso (1835-1909), médico y criminólogo muy reputado en su momento, nos pareció infinitamente más “hijo de su tiempo” que Mella. Éste, no solo utiliza los datos de manera mucho más coherente y veraz, y demuestra un mayor conocimiento en el tema a tratar (con respeto para las diferentes disciplinas humanísticas), sino que señala la imposibilidad de dar una teoría definitiva sobre el comportamiento humano en una sociedad con demasiados males para gran parte de sus miembros. El texto de Mella, de estilo algo florido en su forma pero muy sustancioso de fondo, puede considerarse todo un compendio sobre el anarquismo de comienzos del siglo XX. La gran pregunta es si está esa forma de entender el anarquismo, periclitada para algunos o con algo valioso para otros, podemos aprender de ella un siglo después (los principios, sobre todo, no nos parecen negociables).

Sobre la autoridad

El principio de autoridad es identificado de manera plena por los anarquistas con el Estado. Antonio Pellicer (1851-1916) escribiría que el Estado es absolutamente contrario a la libertad, a la fraternidad y a la igualdad social, toda iniciativa del hombre, su fuerza, inteligencia, voluntad y heterodoxia quedaban inhibidas por su existencia. Anselmo Lorenzo (1841-1914) negará que el Estado represente a ningún interés público y sí supone una abstracción negadora de la libertad del hombre. La obediencia y debilidad que reclama el Estado para sus gobernados, escribiría el autor de El proletariado militante, les mantiene en un estado de infantilismo y admiración. José Prat (1867-1932), siguiendo claramente a Bakunin, consideraba al Estado como una derivación o prolongación del principio deísta, la autoridad humano-divina había evolucionado hacia la autoridad humano-civil. El autoritarismo adoptaba muchas formas, en las que estaba detrás siempre la abstracción y el dogma generadores de tiranía y obediencia. Federico Urales (seudónimo de Juan Montseny, 1864-1942) quería ver en la historia un progreso desde el autoritarismo, generador de crímenes y de toda clase de terror, hacia la libertad, identificada para él con la cultura y la moralidad. Tanto Ricardo Mella (1861-1925) como Lorenzo opinaban que, a medida que las comunidades humanas se fueron haciendo más poderosas, se acrecentó el despotismo personal y nació el Estado; la sociedad, condición indispensable para el individuo, necesaria para satisfacer sus múltiples necesidades, se vio un día supeditada al Estado y sometida al autoritarismo. La sociedad perdurará y el Estado morirá cuando se acabe con el privilegio y se logre una organización racional y armónica. Urales contrapone el progreso al poder gubernamental o estatal, y recuerda que para nada ha intervenido en todos lo logros de la humanidad (la imprenta, el telégrafo, el ferrocarril, la electricidad…). Anselmo Lorenzo identificará progreso con una trilogía benéfica (Trabajo, Ciencia y Libertad) y a la reacción con una infame (Capital, Religión y Autoridad).

En definitiva, la ley que mana del Estado supone una atrofia para el desenvolvimiento material y moral de la vida social, y se señalará la hipocresía del Estado, como supuesto garante o conservación del bien, al recordar que el derecho jurídico-territorial de cada Estado, hostil al que se produce en cualquier otro e incapaz de crear uno común, supone la negación de la solidaridad universal. López Rodrigo, en 1902, escribiría en esa línea que los Estados que se presentan a priori como preservadores de la paz, el orden y el bienestar, en la práctica generan las guerras, opuestas a todo aquello. En su feroz crítica al Estado, los anarquistas españoles citan con frecuencia también a pensadores liberales, pero los superan, por su condición también de socialistas, al considerarlo un instrumento de clase. Este análisis, tal vez necesitado de fuentes más complejas, se mantiene vigente en la actualidad; no puede negarse que los Estados son meras oligarquías, de apariencia más o menos benévola o “demócrata” (la hipocresía y constante tutela, que ya vieron nuestros ancestros ácratas), pero garantía de la división de clases y de la explotación económica. Lorenzo negó que el Estado pudiera ser liberal o democrático, no pueden buscarse en él la igualdad ni la libertad y sí el privilegio consustancial a la autoridad de los que mandan. La crítica anarquista posee dos vertientes, por un lado hacia la clase detentadora de los medios de producción y, por otro, hacia la nueva clase generada por el poder estatal, y no parece claro vincular la existencia de una en base a la otra ni creemos que hubiera unanimidad al respecto en el pensamiento libertario español. La pluralidad y heterodoxia tal vez impida esa unanimidad de acuerdo sobre las fuentes del mal, lo verdaderamente importante es el análisis del poder y de la división de clases, innegablemente lúcido y más rico que otras corrientes socialistas, así como las propuestas de potenciación de la vida social frente al Estado.

Anselmo Lorenzo, y otros antiautoritarios pioneros en España, tuvieron clara la necesidad de erradicar todo gobierno y todo poder coercitivo, situándose así frente a la otra vía internacionalista que apostaba por un Estado transitorio en el que la autoridad se vería reforzada. El autor de El proletariado militante consideraba que un Estado temporal formado por supuestos obreros, los cuales acabarían convertidos en magnates, enseguida buscaría su perpetuación como habían hecho en la historia todos los gobiernos. Mella, en clara referencia al ideario marxista, recordó que la revolución preconizada por los anarquistas solo tenía como punto de partida el materialismo histórico (o lucha de clases), el objetivo sería la liberación completa e integral de toda la humanidad y la erradicación de toda esclavitud económica, política o moral.

La riqueza de la moral libertaria

En lo concerniente a la moral, de nuevo hay que decir que el anarquismo en general, y los pensadores libertarios españoles, en concreto, toman elementos que consideran positivos de las más diversas corrientes. La vertiente racionalista de lo moral, algo con mucho peso pero equilibrado con otros aspectos sentimentales y sociales, llevaría a José Sanjurjo a afirmar que los anarquistas practican el bien por el bien mismo. Federico Urales, en esa línea, diría que la moral surge de su belleza propia y del gozo que proporciona practicar la bondad. José Famades, autor de El catecismo de la doctrina humana, considera que si la fuerza es la base de la moral religiosa, la razón lo es de la natural. Se consideraba, en definitiva, la razón como un fundamento ético, algo que tal vez se tomó de Kant a través de Proudhon. S. Suñé aportará también otro aspecto, que tiene que ver también con el racionalismo, y es la continencia, la moderación de las pasiones y de los sentimientos; según esta visión, el continuo estudio racional y científico aportará equilibrio y una práctica adecuada en la vida que tenderá a la perfección. Pero otro gran componente de la moral anarquista, muy diferente al mencionado anteriormente, será la solidaridad. Puede decirse que es Kropotkin el gran pensador que aporta este aspecto, tomando la moral utilitarista como punto de partida la enriquece con aspectos sociales y biológicos: “lo bueno es lo útil para la especie”. Urales diría que la solidaridad, lo que él llamaba la “grandeza moral del socialismo”, garante de que cada hombre tenga derecho a su parte de la vida, substituiría a la caridad, la cual justifica y legaliza la miseria. De la misma manera, Lorenzo sostendrá que la solidaridad afirma y protege el derecho de todos, otorga dignidad al individuo y fortalece a la colectividad, es en suma “un poderoso elemento para la práctica de la justicia”. Pero existe un tercer elemento, junto al racionalismo y la solidaridad, que enriquece la visión moral en el anarquismo. Se trata del vitalismo, o la satisfacción de las necesidades orgánicas como base de la conducta moral. Se encuentra en este terreno de nuevo una visión excesivamente optimista de lo que se considera natural, aunque supone un excelente contrapeso a la moral tradicional cristiana de renuncia (y que, de alguna manera, impregnaría también a algunos anarquistas como “hijos de su tiempo”). Urales negaría ese aserto de que vencer las pasiones es vencer a la naturaleza, ya que ello supondría “luchar contra la causa de nuestra vida”.

Es curiosa la figura de José María Blázquez de Pedro, de ideas incluidas por Nietzsche, que propugnaba la liberación de las pasiones frente a la represión social. Esta visión de la moral anarquista ha sido, incuestionablemente, de gran importancia para vencer la inhibición sexual de la moral tradicional y, también en eso, muy adelantada a su tiempo. No obstante, hay que hablar de visiones casi contradictorias entre la hedonista y nihilista del poeta Blázquez, que casi parecía negar el trabajo físico, y la de un puritano Tarrida del Mármol (1861-1915), que condena pecados capitales como la gula, la lujuria, la pereza o la envidia. Es de suponer que estamos hablando de diversidad, llevada en muchos casos a posiciones antitéticas, dentro de unas ideas que toman como factor primordial la pluralidad y la libertad en el camino de la emancipación. En cualquier caso, siempre está presente en el anarquismo la confianza en la ciencia para una organización social justa y racional, que posibilite la liberación de las tareas físicas menos agradecidas y que aumente las horas de gozo de la vida y de desarrollo personal. En el Certamen Socialista de 1889, se daría especial importancia a esa necesidad de dar libre curso a las pasiones humanas. En este acto intervendrían los principales teóricos españoles, Nieva, Mella, Lorenzo y Tarrida, los cuales coincidirán prácticamente en interpretar las pasiones como expresión de la naturaleza. En cualquier caso, lo más importante en esta interpretación concluye que la satisfacción de las necesidades individuales llevaría al desarrollo individual y a la armonía social. Urales identificaría la vida, en cualquiera de sus manifestaciones, con la moral, reprimirla era cosa del cristianismo; la moral de la naturaleza es aquello “que solo condena las prácticas que perjudican a la salud”. Por esta vertiente vitalista de la moral se llega así a una suerte de naturismo, que tan de moda está a día de hoy como forma de preservación de la salud y de tratamiento de enfermedades. Resulta curioso que se contrapongan tantas veces, y de forma beligerante, “lo natural” y “lo científico”, cuando las ideas libertarias demuestran que lo verdaderamente importante es la erudición y el eclecticismo; ambas posturas, tan importantes en la historia del anarquismo, pueden compensarse mutuamente y anular el dogmatismo en esa preservación de los aspectos vitales del ser humano. Por lo tanto, el vitalismo, que puede llamarse también hedonismo, tan importante en la moral libertaria, queda compensando en lo individual con el racionalismo y en lo social con el utilitarismo y la solidaridad.

Filosofía del anarquismo

Pero, ¿existía una sistematización de las ideas en el pensamiento libertario español? No es una pregunta para realizar a cualquiera que conozca bien el anarquismo, pero no está de más insistir en una serie de principios, inherentes a una forma de contemplar la vida social y personal. Los anarquistas españoles no fueron tal vez excesivamente originales en sus teorizaciones, pero tuvieron la indudable lucidez y capacidad de comprender y asimilar esos principios, y servir con sus ideas de impulso a un movimiento libertario poderoso y esperanzador. Ricardo Mella, ante las acusaciones de falta de trabazón sistemática, dirá que las ideas anarquistas son la negación terminante de toda sistematización dogmática. Libertad y espontaneísmo serían para él las dos nociones primordiales, dentro de una filosofía que busca explicar los hechos y sus causas, que resume en definitiva la experiencia y la ciencia en un todo armónico en el que se fundirían la idea y la praxis. Se rechaza todo principio a priori que pueda acabar encarrilando el pensamiento hacia fines predeterminados cuya verdad será dudosa. Urales, en esa línea de apego y crítica a la vez a un idealismo que se quede enconsertado en la teoría, afirma que la transformación de la sociedad conllevará la consecución de todas las grandezas morales e intelectuales que habían adelantado los filósofos. La construcción de una nueva sociedad impulsaría al hombre a potenciar tanto su libertad, como el amor y la sabiduría. Hay que insistir en ese equilibrio entre escuelas de pensamiento aparentemente antagónicas, algo para nosotros esencial dentro del anarquismo, y en la que los pensadores libertarios españoles fueron también fieles a Bakunin. La interpretación material del mundo que hacen los anarquistas no niega la fuerza de las ideas, las cuales actúan como motor de la vida y conducen al ser humano a grandes consecuciones. Mella, de forma literal, se niega a tomar partido entre espiritualistas y materialistas (de nuevo, la sombra del gigante ruso); si bien son asimilables los inmensos conocimientos adquiridos gracias al materialismo, los intentos metafísicos por dar soluciones fáciles y crear atajos, los cuales abren el camino a la pseudociencia, no pueden satisfacer al anarquismo.

Urales escribiría en cierta ocasión que ha sido la evolución intelectual del hombre la impulsora del progreso, Pellicer aseguraría que en la idea reside toda la fuerza y Lorenzo entendería que son nociones como la libertad y la independencia las que llevan a la fortaleza, sin las cuales se caería en la debilidad y en el fanatismo. Soledad Gustavo (pseudónimo de Teresa Mañé, 1865-1939) llegaría a afirmar que las revoluciones no eran hijas del estómago y sí del pensamiento. La ausencia de sistematización de las ideas, como se comprueba, no significa ausencia de los más altos ideales, los cuales solo tienen sentido si se persigue su materialización, si se busca permanentemente su verificación en la vida social. Y para el logro de esas altas aspiraciones de la humanidad, la confianza que los anarquistas españoles tienen en la razón humana es muy grande, así como en la ciencia y en la cultura, que consideran expresiones de aquella. José Llunas (1855-1905) aceptaría de forma entusiasta la expansión de la ciencia y confiaría en que el privilegio no pudiera contenerla y acabara así aquella determinando la base del verdadero derecho social. Se deduce de esta aseveración una firme esperanza en que la ciencia ensanchara la esfera de acción de las ideas y posibilitara que las personas en número cada vez mayor acabaran combatiendo la injusticia. Era una confianza excesiva en la ciencia y en, como veremos a continuación, la naturaleza, que sería matizada posteriormente dentro de las ideas libertarias. Suñé sostendría que las teorías socialdarwinistas, las cuales suponen el dominio de la clase burguesa, no pueden buscar apoyos en la ciencia, ya que ésta les negará toda ayuda. Este razonamiento se supedita a una fusión entre ciencia y naturaleza: la única verdad está en la ciencia natural y todo lo demás sería pseudociencia.

Tiene valor Mella señalando algo que ya haría Bakunin, el cómo la ciencia puede convertirse en dogma, y acaba paralizando la acción y la búsqueda de la verdad, al dudar en sus análisis y recurrir fácilmente a las generalizaciones y a la analogía. Para el anarquismo, la ciencia sería un cuerpo de conocimientos en perpetua formación y la filosofía no puede ser encasillada en ningún sistema ni escuela. Sensualismo, hedonismo, positivismo, idealismo… todas estas escuelas han influido sobre el anarquismo, pero son rechazables como sistemas cerrados de ideas. Mella parece apostar por cierto relativismo, tanto en su visión cosmogónica y de la teoría del conocimiento, como en los aspectos sociales: para la filosofía anarquista, no existe una verdad ni una justicia inmutable. Si tales nociones fueran absolutas, serían inválidas para el hombre, al ser éste incapaz de desarrollar los medios para descubrirlas y verificarlas. Dicho aserto de Mella parece remitir a Gorgias, sofista de la Antigua Grecia, pero ni a Mella ni al anarquismo se les podría acusar de utilizar un mero juego retórico, ni de caer de forma absoluta en el nihilismo o en el escepticismo. Lo que se está denunciando es una concepción absoluta de una idea, que lleva al hombre a una acción nula; se exige, insistiremos una vez más, su constante determinación y verificación. Los ideales serían la resultante experimental de cada momento, se asimilan los hechos del pasado y del presente con la capacidad de discernir lo erróneo y lo inicuo y eliminarlo. Se niegan la metafísica y la teología, ya que la vaguedades de lo desconocido llevan a perder la noción de la realidad y constituyen un fuerte obstáculo para el desenvolvimiento de las facultades del hombre. La solo aparente diversidad de la sociedad actual, un relativismo basado en el pueril “todo vale”, y una banalización siempre presente, no deberían hacer perder el norte a unas ideas libertarias de rica tradición, con mucho que decir en cuanto a expansión de la razón y del pensamiento, y con una confianza pertinaz en una ciencia no dogmática puesta al servicio de la humanidad.

Capi Vidal
http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com.es/
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